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Tener (vivir) días distintos

Miércoles en la mañana. No un miércoles cualquiera; el miércoles antes de jueves y viernes santo. Una ciudad medio vacía, en calma; un sol de esos poderosos que entra decidido y contundente por la ventana; un silencio permanente, de los cómodos y los que me gustan, como de placidez. Y unas ganas infinitas de quedarme en casa sin otro motivo distinto a querer hacerlo.

Semana extraña esta. Mi sensación durante estos días laborales ha sido de estar en pleno preámbulo de vacaciones, algo así como en un 23 de diciembre; la cabeza se me fue un poco y tengo ganas de leer, de sentarme por ahí en algún lugar rico, tomar café, leer más, hacer visita, caminar, curiosear las películas en cartelera (finalmente vi “La voz de la igualdad”), visitar a las amigas, comer rico, durante un tiempo largo, conversado y tranquilo.

El afán en lo cotidiano se lleva por delante todas estas cosas. Y un poquito más. Seguro por eso me viene tan bien que el cuerpo y la mente de manera autónoma hayan decidido que sería una semana tranquila o al menos distinta. Quizás lo que mata (el espíritu, las ganas, la inspiración y hasta la eficiencia) es la monotonía: ir y venir, desde el mismo lugar hacia el mismo destino; tomar a diario el mismo camino (literal y no literal), vivir repetidamente las cosas (que se van volviendo como sin sentido) y asumir un modo automático en todo lo que hacemos.

A veces se necesita que la vida pare. Y cuando uno no se ocupa de que así sea, está chévere que las circunstancias lo hagan por uno. Mucho mejor si esa pausa llega así: sin mucho anuncio ni preparativos (que es lo que pasa inevitablemente cuando vas de viaje por vacaciones), más como un estado mental y físico que de verdad te pone en otro modo y que te lleva a hacer las cosas distintas, al menos por unos días.

Esta mañana antes de salir de casa (igual que ayer) me tomé conscientemente más tiempo en el desayuno; Los últimos cinco días he leído más de lo habitual el libro con el que ando ahora (“El amante de Janis Joplin”, de Élmer Mendoza); curioseé la programación de la Feria del Libro y ya encontré algunas cosas que me pueden interesar (más allá de la compra de libros y de la firma de sus autores que ya es un plan asegurado); procuré las conversaciones sobre uno que otro tema trascendental y no puse ninguna resistencia a la lentitud de los días.

Evité los horarios mientras pude; hice lo que fue saliendo cada día: tomarme un trago, quedarme dormida en el sofá, ver de largo la primera temporada de “after life” en Netflix; intentar llegar a tiempo a las primeras olimpiadas del colegio de mi sobri de 7 años (sábado, ocho de la madrugada); elegir no hacer nada sin tener cargos de conciencia; besuquear más de una vez a la semana a Ele (la bebé de una amiga) para llenarme un poco más el corazón.

Los últimos días han sido así: días distintos. Llenos de cosas que no siempre, por las rutinas, los horarios, el afán, queda tiempo de hacer. Qué el reloj vaya un poco más lento, recarga y activa lo necesario para los próximos (seguros y a veces tan odiosos) periodos de rutina.

flickr

Espectacular y colorida puesta de Sol en Madrid en un día de otoño.