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P. I. Tchaikovsky - Violin Concerto in D major, Op. 35

Estiro mi cuello hacia un lado, haciendo crujir los agarrotados huesos. Levanto una de mis manos del teclado para masajear mi nuca, intentando aliviar el pinchazo de dolor que surge al  mover los músculos por primera vez en una hora. Entrelazo ahora mis dedos y los estiro para producir otra sucesión de chasquidos, después continuo con las muñecas.

-Para- dice ella, sin levantar la vista de su trabajo. Enarco una ceja, sorprendida de que haya sido capaz de notar mi acción por encima de la música y el zumbido de la aguja. - Me da dentera que hagas eso. -

Bufo, pero detengo mi acción. Ella sigue concentrada en la piel del muslo de su cliente, marcando el ritmo de una canción de The Neighbourhood con el pie. Lleva puesta la menor cantidad de ropa posible, como de costumbre. Un sujetador deportivo y unos short de la nueva colección de Primark intencionadamente cortos; el atuendo perfecto para lucir su cuerpo. Le encanta hacerlo. En su momento me costó acostumbrarme a su constante desnudez parcial, en varias ocasiones total, pero ahora verla sin ropa se ha convertido en parte de la cotidianidad.

No hablo de su amor por la falta de tela sobre la piel como algo a condenar, al contrario. Entiendo que de la misma forma que yo presumo de intelecto, ella se siente orgullosa de su cuerpo. Cómo no hacerlo. Su figura es simplemente perfecta, de esas que ves en las portadas de la revistas y te dan ganas de quejarte de cómo retocan a las modelos con photoshop. Tetas pequeñas  y culo prieto, una muñequita amante del rock underground. Sonrío de medio lado, la música, lo único en lo que más o menos coincidimos. Sin embargo, no necesita ir ligera de ropa para presumir de las delicadas formas de su cuerpo; no, no es eso lo que le gusta mostrar.

El zumbido de la aguja cesa, el hombre sobre la camilla suelta un suspiro de alivio. Vuelvo a concentrarme en mi trabajo, la líneas de palabras aparecen en la pantalla de mi portatil y desaparecen con la misma velocidad. No me gusta lo que estoy escribiendo, lo hago sin ganas ni inspiración, solo para llegar a tiempo a la fecha límite. Chasqueo la lengua, no pensé en escribir la gran novela americana, de hecho detestaría hacerlo, pero mi plan nunca fue escribir folletines pseudo eróticos que triunfaran entre el público adolescente.

Escucho la puerta cerrarse, y sé que el cliente ya se ha ido con un flamante tatuaje nuevo. Vuelvo a mirarla mientras recoge meticulosamente los materiales y los guarda en su maletín. Es un desastre absoluto para todo, excepto a la hora de tatuar. Termina de ordenar y se estira. Su mirada se cruza con la mía, me gustaría decir que salta algún tipo de chispa, que la electricidad recorre cada uno de mis nervios, pero no pasa nada de eso, solo nos miramos. Camina hacia mí, descalza, dejando las huellas de sus sudados pies sobre el parquet que tanto me he esmerado en fregar.

- ¿Follamos? - dice, dejándose caer a mi lado en el sofá. La miro, no directamente, sino a través del reflejo de la pantalla. La petición carece de deseo o sensualidad, bien podría haberme preguntado si quiero pedir comida china para cenar. O no, es probable que pusiera más entusiasmo en conseguir fideos con gambas que un orgasmo.

No paro de teclear, pero dejo escapar un gruñido que podría interpretarse como una afirmación. Su mano se arrastra hasta el interior de mis pantalones de pijama. - No llevas bragas - comenta, sin detener los movimientos de sus dedos en mi entrepierna.

-No suelo llevar, ya lo sabes - sigo escribiendo, ignorándola. Sé que a ella le divierte.

-¿Qué escribes? - pregunta. Acto seguido empieza a besar mi cuello con dedicación.

-Se supone que he firmado un acuerdo de confidencialidad - comento.

-Entonce es la novela esa para niñas de 15 años ¿no? - asiento - Se supone que está siendo éxito, he visto anunciada la película. ¿No deberías estar ganando millones, niña pija? - frunzo el ceño ante el apodo, año y medio y no ha dejado de molestarme. Ahora sí, la miro. Su piel está cubierta de tatuajes, como si fuera un cuadro con vida propia. De diferentes tipos y colores decoran gran parte de su cuerpo. Más de cien horas de trabajo y demasiado dinero invertido en mancillar algo tan perfecto como el tejido epitelial y convertirlo en una pared de hormigón llena de grafitis. Odio los tatuajes, ella lo sabe, piensa que soy una clasista.

-La idea no es mía, ni el libro es mío. Lo escribimos entre yo y otros tres tipos que no he visto en mi vida - llevo mi mano a su nuca y agarro su cabello de forma firme pero sin llegar a hacerle daño y la separo de la piel de mi cuello. - Sin marcas, ya lo sabes - ella asiente. Acerco su boca a la mía y nos besamos; de forma lenta, delicada, pero sin sentimiento. Pasamos mucho tiempo besándonos, más que teniendo sexo; quizá es porque es lo más cercano a una muestra de cariño.

Al final sí que follamos, varias veces. No es sexo duro y apasionado como él que tiene ella cuando trae a casa a cualquiera de esos tipejos que conoce en el gimnasio. Follamos dulce y romántico, mirándonos a los ojos; los míos vacíos de emociones, los suyos repletos de preguntas. Siempre me mira así, como un niño observando a un animal exótico enjaulado.

La hacemos en silencio, no hace falta decir nada para saber qué hacer.

Cuando acabamos a su piel color canela se le han sumado las marcas de mis dientes como parte de su colección de tatuajes. La mía sigue impoluta, blanca como la porcelana y sin apenas lunares.

Descansamos tumbadas en el suelo, sin ropa y la respiración acelerada, la mía más que la suya; no estoy muy en forma. Medio dormida, rueda hasta estar sobre mi pecho y su aliento caliente golpea contra mi clavícula. No la aparto. Recojo un mechón de pelo castaño que cae sobre su cara y lo llevo tras su oreja.

La observó en silencio, a ella y sus innumerables tatuajes. No, innumerables no, son 23. Demasiados. Una serpiente que sube por su muslo izquierdo, una flor de loto entre sus senos, un faro en el bíceps derecho, una libélula en su nuca. Dibujo el contorno de la tinta con la punta de los dedos hasta llegar a sus labios. Su boca, me gusta su boca, la única parte de su cuerpo que se mantiene inmaculada. Es suave de manera natural, como si el tacto de seda estuviera escrito en su código genético.

Abre los ojos y sonríe, como si me hubiera pillado haciendo una travesura. Ella suele sonreír mucho, sin razón aparente.

-¿Quieres que te eche crema? - asiento. De un brinco se levanta, haciendo que su carne joven se agite ante mi atenta mirada. Va hacia el baño y yo me incorporo. Mi cuello vuelve a crujir, debo haber dormido en mala postura. La sección de suelo donde estamos ahora está llena de marcas, ligeramente pegajosa. Mis dedos se crispan, me irrita, voy a tener que volver a fregar. Estoy a punto de levantarme cuando sus manos se apoyan en mis hombros y me empujan a mi posición inicial. - Shhh, tranquila - susurra con voz dulce como la de una madre en mi oído - luego me encargo yo.

-Tú lo haces mal - replico. Ella vuelve a mandarme callar y unta mi espalda con la crema con fragancia a azahar. Cuando acaba pasa a mis piernas, masajeando con fuerza los músculos cansados - Tienes la piel tan sumamente suave - comenta con adoración - pareces una escultura de mármol.

-Se te han acabado ya, ¿verdad? - pregunto, sabiendo la respuesta. Ella asiente, sin dejar de lado su tarea. - Consumes mucho.

-Eres mi camello - dice, sin mirarme - no eres la más adecuada para preocuparte por mí salud.

-Me importa poco tu salud - respondo - pero tus vicios me cuestan el dinero.

-Ese era el trato ¿no? - ahora unta la crema por mi pecho, sin una pizca de erotismo ni cariño, pero con absoluta delicadeza - Tú me suministras - se inclina y me besa de forma profunda. Yo solo me dejo hacer, cosa inusual en mí - y yo me hago cargo de que no te quedes atrapada contigo misma. - Llevo mi mano alrededor de su cuello y aprieto hacia arriba, creando la sensación de asfixia pero sin cortar el suministro de oxígeno a sus pulmones.

-Cállate - digo. Sus ojos miran fijamente los míos. La suelto y voy a mi habitación. La puerta está cerrada con llave, solo yo tengo la copia. Abro  el primer cajón de mi escritorio. Dentro, una bolsa de plástico herméticamente cerrada se anuncia con un post-it donde he escrito “Anna”. La cojo y vuelvo al salón.

Ella me está esperando, de rodillas, como un buen perro amaestrado. - Abre la boca - ordeno. Obedece. Saco una de las pastillas azules de la bolsa y la colocó sobre su lengua. Ella la traga. Su piel se eriza y sus pupilas se dilatan.

-Gracias - responde. No digo nada. Me siento en el sofá con el ordenador nuevamente en mi regazo. Ella hace lo mismo.  - Tengo la sensación de que un día apareceré muerta en este apartamento. Y tú serás la actriz perfecta llorando mi muerte.

-Es probable - digo - Pero tranquila, no me apetece matarte.

-¿Por qué?

-Últimamente matar ha perdido su interés- respondo. - Eventualmente se vuelve monótono.

-¿Quién lo diría? - dice con sarcasmo.

-Lo he probado ya todo, y nada tiene suficiente interés - acerco mi mano a su pecho izquierdo y pellizco con fuerza el pezón. Se queja, pero no me detiene - Ni siquiera tu querida droga es lo suficiente para engancharme.

-¿Qué te pasó, Lis? - pregunta - ¿Qué tipo de trauma te hizo estar tan jodida? - ahora sí, río con fuerza. Mi reacción la descoloca. No suelo reír.

-Ninguno - ella enarca una ceja - Fui una niña feliz en una casa de campo. Sin ninguna carencia y unos padres cariñosos.- Me acerco para besarla, pero me paro a una pulgada de su rostro. Sus ojos están cerrados de anticipación - Algunas personas son simplemente monstruos, Anna. - Vuelve a sonreír. Me confunde

-¿Sí me matas te quedarás algo como recuerdo? - pregunta.

-No suelo hacerlo - respondo - Pero si te hace ilusión, me quedaré tus labios.

-¿Seguirás besando mi boca cuando ya no tenga aliento? - sonrío, orgullosa de ver como mi locura ha consumido su mente.

-Solo si sigue siendo igual de suave - acaricio con mis dedos sus labios. Ella los abre para poder chuparme con dedicación.

-¿Qué harás cuando tu piel se vuelva vieja? - aparta el ordenador y se sienta en mi regazo. Me lo esperaba, el MDMA la pone cachonda. -¿Cuándo ya no sea tersa y suave?

-En el momento en el que aparezca la primera arruga - acuno su rostro con mi mano derecha - Me suicidaré.

-¿Tan horrible sería? - pregunta.

-Imaginate que un día despiertas y la carne que cubre tus huesos está muerta, y cada día que pasa se descompone más y más, estando tú atrapada en un cuerpo que se pudre - digo - Imagínate el olor a podrido. Los insectos anidando en cada pliegue de tu cuerpo, los gusanos deslizándose en el interior de tu carne, las moscas poniendo huevos bajo tus uñas.

-Suena como la peor de las torturas. - dice, su cara ahora ligeramente pálida.

-Eso sería para mí seguir viva - muerdo su cuello hasta notar que se retuerce entre mis dientes. Al apartame noto la carne roja y brillante cubierta de mi saliva. - Una agonía.

-A lo mejor te mato yo antes de que llegue ese momento - comenta.

-¿Por qué lo harías? - pregunto.

-Porque mataste a mi novio. - responde, sus labios deslizándose por mi torso - Porque disparaste a mi hermano - se encoge de hombros - o puede que porque simplemente tenga curiosidad por matar.

-Te he jodido la mente, pequeña - la sujeto por la barbilla, obligándola a mirarme. - Creo que debería sentirme culpable.

-Tú no puedes sentirte culpable - ronronea.

-Cierto. - La empujo fuera de mi regazo. - Déjame, estás sucia. - Me levanto en dirección a mi cuarto, dispuesta a acabar con toda posible interacción social. Su voz me interrumpe

-Lis -

-¿Qué quieres ahora? - mis palabras se ven interrumpidas por un estallido negro ante mis ojos y el dolor hueco en la parte posterior de mi cabeza. La sensación de mareo se adueña de mi cuerpo y siento como mi equilibrio se desvanece.

Despierto. El mundo gira a mi alrededor y el dolor sordo palpita en mi nuca. Algo me hace espabilarme. No es la luz de la bombilla del salón que ciega mis ojos, ni la música punk a todo volumen. No, es el zumbido de la aguja eléctrica trabajando y un agudo dolor en mi antebrazo izquierdo. Levantó mi cuello, luchando contra la ganas de vomitar.

La veo, concentrada en su trabajo, marcando el ritmo de la guitarra eléctrica con su pie.

Mi piel enrojecida, marcada con tinta.

Chillo. El grito nace de lo más hondo de pecho. Un alarido de terror puro y dolor, como una madre que sujeta el cuerpo muerto de su hijo. Caigo de la camilla, sin dejar de chillar. Estoy temblando, mi respiración agita mi pecho. Me ahogo, mi corazón amenaza con reventar en el interior de costillas.

Ella deja la aguja sobre la camilla y se agacha a mi lado. Me abraza y besa mi mejilla con ternura.

-Shhh, tranquila - susurra contra mi sien. El miedo empieza a disiparse. La rabia, fría cae con cuentagotas dentro de mi estómago. Me levanto de golpe, un fuerte mareo me golpea pero lo ignoro. Agarro su brazo izquierdo y tiro a la vez que empiezo a caminar. Pierde el equilibrio, así que la arrastro hacia mi habitación mientras patalea y se retuerce. La encierro con llave. Grita y golpea puerta, pero no la escucho. Un silencio ensordecedor se ha adueñado de mi consciencia. Voy a la cocina, donde rebusco en la alacena donde guardamos las medicinas. No tardo en encontrar lo que busco, la medicación que teóricamente tomo para paliar una bien fingida depresión. Me trago sin pensarlo demasiado tres veces la dosis indicada. Mientras espero el adormecimiento de las articulaciones y la sensación de euforia me atrevo a mirar mi antebrazo. Un fino contorno de tinta define un dibujo minimalista de la Venus de Milo en mi preciada piel, ahora profanada por una aguja que ha tatuado a yonkis y madres solteras. Me muerdo la zona, ahora sin casi sensibilidad. Noto el sabor de mi sangre en la lengua, pero no paro hasta sentir la carne ceder bajo mis dientes. Escupo el trozo al suelo, el dolor es fuerte pero soportable. La satisfacción de ver el tatuaje despedazado me da cierto alivio, pero no es suficiente.

Coloco una sartén sobre la vitrocerámica y la enciendo al máximo. Después abro el cajón de los cubiertos, donde al lado de los tenedores guardamos los tubos de goma para cuando alguien viene a pincharse. Agarro varios y los ato con fuerza sobre mi codo, el hormigueo de la falta de riego sanguíneo no tarda en hacerse presente.

También cojo un cuchillo de sierra.

Inspiro. Expiro. Empiezo a cortar mi tierna carne. Lo más difícil es serrar el hueso.

Tardo menos de lo que esperaba, el dolor es tan intenso que me mareo pero contengo las ganas de vomitar, necesito la medicación en mi organismo. Mi impoluta cocina está cubierta de sangre, pero ya no importa. Tengo que darme prisa, de seguro los vecinos han llamado a la policía.

Con la sartén caliente cauterizo la herida, grito, pero mantengo el material caliente pegado a mi brazo cercenado el tiempo necesario. Cuando acabó tiro la sartén al fregadero y vuelvo a mi habitación. Al abrir la puerta la encuentro en el suelo, la bolsa de pastillas a medio vaciar. Me acerco a ella y apoyo mi oído sobre su pecho. Su corazón late, lento, pero vivo. La cojo en brazos, y observo a mi princesa durmiente cubierta de tinta mientras la llevo al baño. Una vez allí lleno el lavabo de agua y sumerjo su cabeza. No pasa un minuto hasta que empieza a retorcese en busca de aire. La mantengo ahí hasta asegurarme de que no queda oxígeno en sus pulmones. Ella abre su boca, respirando como un pez fuera del agua. Su estómago se contrae y vacía su contenido sobre el sueño del baño. Agua, bilis y pastillas de éxtasis cubren mis pies. Me doy cuenta de que estoy vestida aunque no recuerdo haberlo hecho. Una camiseta de manga corta de publicidad y los pantalones del pijama. Quizá ella me vistió después de golpearme, sabe que no me gusta estar desnuda. Ahora está sobre el suelo, intentando de recuperar el ritmo de sus adoloridos pulmones. La pateo, mi pie impacta contra su estómago. Vuelve a gritar. Salgo al salón y saco de debajo del sofá la caja de herramientas. Aprieto el botón del mango del taladro, la broca gira. Creo que debería sonreír, pero no siento nada.

Cuando vuelvo al baño ella sigue en el suelo, tosiendo y agarrando su estómago. Me siento sobre ella, atrapando sus brazos con mis rodillas. Sus ojos se abren llenos de pánico al ver el taladro.

-Lis, por favor - solloza - Lis - sigue llorando y repitiendo mi nombre cuando apoyo la punta de la broca sobre su frente y enciendo el taladro. Los gritos son más fuertes de lo que había previsto. Mi piel se eriza y la sangre caliente me salpica en la cara.

Está muerta. He hundido la broca de 7cm en su cráneo. Tiene los ojos abiertos, mirando al vacío. Esperaba que la expresión de dolor quedara esculpida en su rostro, pero parece serena, sin alma. Llevo mis dedos a sus labios sin vida, siguen siendo igual de suaves, todavía están cálidos, ligeramente húmedos.

Me aparto y me siento con la espalda apoyada en la pared. Me permito llorar, observando la imperfección de mi piel cortada sin cuidado. Escucho las sirenas de la policía en la entrada del edificio. Tropiezo un poco, pero me levanto y llego a mi habitación. La pistola de mi padre está en el segundo cajón del escritorio, cargada. La cojo y me la meto en la boca. Aprieto el gatillo cuando escucho a la policía aporrear la puerta de la entrada.

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